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El cuervo de Ginebra, un relato para tirarse de los pelos

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No tengo un teleobjetivo ni me hizo falta para esta foto. Salía de cotillear de la universidad de Ginebra, en la que no había ni un alma por ser jueves santo, pero que tenía todas sus puertas abiertas a curiosos como yo. Como en una película de miedo, estuve vagando por los pasillos no sé en busca de qué con un poco de susto en el cuerpo, no por que me descubrieran en un pasillo solitario y sin embargo público sino porque cerraran el acceso y yo me quedara allí encerrada. Pero andaba feliz entre estatuas, cuadros y tablones de anuncios. En un rincón vi un teléfono y un cartel que decía “para llamar a seguridad en caso de urgencia, o si ven una presencia indeseada en el edificio”. Osea que la indeseable que podía infundir algún miedo en aquel lugar era yo… me quedé entonces más tranquila. Afuera, los cuervos graznaban. Dentro, sólo se escuchaban mis pasos y el click de la cámara.

Me asomé a una ventana del segundo piso y vi que justo al lado estaba el edificio de la biblioteca. ¡Uno de mis fetiches viajeros! No podía irme sin visitarla así que retrocedí mis pasos hacia la salida. Sí… la puerta estaba abierta y yo ya estaba afuera.

Allí estaba el cuervo de Ginebra, apoyado en un banco como el que se sienta a ver la vida pasar. Al fin y al cabo, la biblioteca no saldría volando así que por un rato desvié mi foco de atención. Nunca había visto un cuervo tan grande, ni tan cerca. Tenía el tamaño de la escuchimizada gata siamesa que se cree dueña de mi casa. Yo estaría a unos 15 metros de aquel banco. Sin hacer movimientos bruscos, comencé a hacerle fotos sin que él –¿o ella?– se inmutara. Entre mi cuerpo y el suyo había cada vez menos distancia pues me atreví a acercarme despacio para sacar un buen retrato de mi nuevo “amigo”. No se iba. Cualquier vulgar paloma hubiera aleteado por mucho menos. Y yo estaba cada vez más cerca y agradecida porque el animal no se asustara. La foto que preside esta entrada fue la última que le hice, justo cuando entre la cámara y el cuervo habría como mucho metro y medio. Terminé la sesión de fotos ya satisfecha así que me di la vuelta para continuar mi camino hacia la biblioteca. ¡Error! Le di la espalda a aquel animal. Me dio tiempo a escuchar, una vez más, el graznido y unas alas que levantaban el vuelo justo antes de sentir sus garras sobre mi cabeza. No me tiró del pelo ni me hizo daño, pero se apoyó un segundo en mi testa para luego seguir volando. ¡Aquel cabrón se rió de mí! El grito que pegué fue más pequeño que el salto que dí. Durante el primer minuto me cagué en toda la familia de aquel bicho pero luego estuve riéndome durante un largo rato. Jamás lo olvidaré, el día en que se rió de mí el cuervo de Ginebra.

¿Sabías que…?

Un cuervo común maduro mide entre 52 y 69 centímetros de longitud con una envergadura de 115 a 160 cm y un peso que varía de 0,7 a 1,7 kilogramos. En Ginebra hay muchos, o eso me pareció, pues desde que me pasó esta anécdota veía cuervos por todos lados. Tiene uno de los cerebros más grandes de todas las especies de aves. Muestra también varias habilidades como la resolución de problemas así como la imitación y la intuición. Una hipótesis indica que los jóvenes son curiosos hacia toda cosa nueva. Recientemente, los investigadores han reconocido que estas aves juegan. ¡Ahora resulta que tenemos algo en común!

Cuervo jugando a deslizarse

By | 2017-01-02T15:54:59+00:00 junio 8th, 2015|Suiza|1 Comment

About the Author:

Beatriz Lizana. Curiosa ad infinitum. Creativa. La escritura y la fotografía como herramientas para entender el mundo. "Puedo prometer y prometo que jamás dejaré de aprender".

One Comment

  1. Helena junio 8, 2015 at 8:57 pm - Reply

    Me ha hecho gracia que escribas sobre los cuervos de Ginebra. Pero viendo tu encuentro con uno de ellos, qué menos? La verdad es que hay muchísimos (sobre todo en esta época del año).
    A ver qué más nos cuentas de mi ciudad adoptiva…
    Saludos! 😉

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