Volver a casa

Los viajes nunca acaban al volver a casa

Hoy hace un año que comencé mi viaje en solitario por Marruecos. En él conocería a alguien con el que aún mantengo contacto, que a pesar de las diferencias culturales e idiomáticas (habla un español aceptable pero no bilingüe y yo no tengo ni idea de árabe) seguimos teniendo interés por la vida del otro.

Chuliko, por las calles de Chefchaouen

Conocí a Chuliko en la plaza Outa, la principal de Chefchaouen. Allí, frente a la alcazaba de este pequeño pueblo azul, comenzamos una conversación que se extendió durante cinco días. Durante ese tiempo y gracias a él, conocí esta perla de Marruecos y la generosidad de su gente.

Una persona y un lugar que se convierte en importante para una vida

Cuando compré aquel billete de entrada a Marruecos tuve miedo, era un viaje en solitario y algo malo podría pasarme. La experiencia ya fue y ahora, para mí, este joven representa una ruptura de prejuicios hacia el mundo árabe.

Viajar a Marruecos ha sido algo así como volver a las raíces, sin buscarlas. Sentí que una parte de mí pertenecía a este territorio, que me era demasiado conocido —el paisaje del norte de Marruecos se me antojó igual al de Andalucía—. Y el trato de la gente, tan familiar. Insisto, era como volver a casa: sentí que no me miraban como extranjera sino como parte de ellos.

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Volver a casa tras un viaje

Volví a casa, y todavía sigo aprendiendo con él

Uno de aquellos días, hace ya un año, Chuliko y yo salimos a pasear con nuestras cámaras de fotos. Íbamos hablando con un tono de voz bastante alto y riéndonos de alguna ocurrencia cuando el niño de la foto se llevó el dedo a los labios y nos miró con preocupación. “Mi familia está descansando, por favor dejad de hacer ruido”. Su voz era serena a la vez que áspera. Por sus maneras, se me antojó que aquel era un pequeño adulto en miniatura.  Yo, que no entendía una palabra, sonreí y le mostré la cámara. “Podéis sacar fotos, pero no habléis en voz muy alta”. Mi amigo me iba traduciendo pero de aquella conversación ya no recuerdo nada más.

Hace poco, Chuliko me envió una foto de una mesa con comida y gente compartiendo platos —¡qué imagen tan típica de Marruecos!—. “¿Te acuerdas del niño aquel que nos encontramos cuando salimos a fotografiar todas las calles de Chefchaouen?” me pregunta con entusiasmo. Al parecer, desde ese día el niño de las fotos empezó a acercarse a la plaza para hablar con Chuliko, y cada vez con más frecuencia.

En esa foto que me envió pude reconocer al mismo niño, a pesar de que durante este tiempo ha crecido bastante. “Beatriz, tú sabes que yo no tengo hermanos, y él ahora se ha convertido como en uno para mí”. El audio del whatsapp me revela su voz medio rota y yo… todavía sigo aprendiendo con él.

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By | 2017-01-10T22:39:46+00:00 enero 10th, 2017|Chefchaouen, Marruecos|4 Comments

About the Author:

Beatriz Lizana. Curiosa ad infinitum. Creativa. La escritura y la fotografía como herramientas para entender el mundo. "Puedo prometer y prometo que jamás dejaré de aprender".

4 Comments

  1. Ada enero 12, 2017 at 12:28 pm - Reply

    Que historia más bonita Bea!! Un beso!

    • Beatriz enero 12, 2017 at 4:59 pm - Reply

      Me alegra que te haya gustado, un beso para ti también 😉

  2. ANGEL RAUL GONGORA enero 11, 2017 at 11:21 am - Reply

    Bufff…. me ha recorrido un sano escalofrío por todo en cuerpo en un segundo… Me alegra que por aquel encuentro de respeto, haya crecido una amistad correspondida y duradera. Los viajes nunca acaban al volver a casa (tu lo has dicho)

    • Beatriz enero 12, 2017 at 4:59 pm - Reply

      ¡Gracias por tus palabras!

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