Cuando Marruecos viene a casa

Un viaje no termina cuando regresas a casa, ni siquiera cuando ya estás pensando en el siguiente. Marruecos todavía me acompaña en Barcelona y mucho de lo que veo y escucho me recuerda a esta tierra. Un relato en dos partes en donde hablo sobre las adicciones, las de aquí, las de allí —las mías, las suyas—.

Un relato sobre las adicciones

Parte I

Soy experta en actualizar Instagram cada día de 20.33 a 21.41 de camino a casa sin tropezarme. Muchas de las imágenes que guardo en la galería solo me tomaron un milisegundo encuadrarlas en mi cabeza, ¡la de fotos que he perdido en los tres segundos que se tarda en sacar el móvil del bolsillo, desbloquearlo y activar la cámara! (¿cómo reflejar la ironía en un texto escrito? ¿Cómo creerte fotógrafo sin serlo?)

La foto de esta noche todavía no me gusta mucho pero aún así la editaré, no quiero perder un día de este hábito autoimpuesto de a publicación diaria. Si todos los días hago al menos una foto y si todos los días miro las que hacen otra gente, después de muchos días habré aprendido algo. Aunque sea que no valen una mierda y que todo fue tiempo perdido, entonces lo sabré. Mientras… reencuadro la imagen, ajusto la exposición, elijo un filtro y aumento el contraste. Ya, así.

– Waja… la… safe…

Camino hipnotizada en mi mundo, como el resto de personas que van por la calle concentradas en decenas de pantallitas. Excepto los tres chicos que van delante de mí. Las palabras que escucho y el quejido de sus gargantas me dicen que están hablando en árabe y que es muy problable que sean de Marruecos pero, ¿por qué me suenan estos chicos? Rondarán los quince o dieciséis años. Solo les veo las espaldas aunque sus voces me suenan demasiado familiares. Bajo la mirada y en seguida lo entiendo.

Cada uno lleva una pequeña bolsa de plástico en la mano. La bolsa está llena de pegamento y se la acercan a la cara. Inhalan, exhalan, inhalan, exha… A mí se me vuelve a erizar el vello cuando los veo drogarse, exactamente igual que la primera vez que me los encontré en el metro. 

¿Cuánta gente cabe en un vagón de metro en hora punta? Pues todos esos menos tres fueron los que huyeron hacia otros vagones la tarde que conocí a estos chicos. Como la gota de aquel famoso lavavajillas que caía en un plato de grasa y se escurría hacia los bordes. Yo, como siempre, ausente en mis pensamientos. Ni me di cuenta que casi me quedo sola en ese borde y acompañada por tres jóvenes drogadictos.

Esta noche me desconcierta el hecho de pensar que el peligro marroquí lo haya vivido en mi propia casa pero, a pesar de ver cómo se siguen drogando mientras caminan no me cambio de acera. Van tan concentrados en sí mismos que ahora ya no me parecen peligrosos sino vulnerables. Mantengo el paso firme y les observo –¿me observo?–. La vez del vagón me dolió que nadie, absolutamente nadie, les dirigiera ni una sola palabra. ¿Se drogan porque se sienten marginados? ¿O se marginan porque se drogan? No sé, tampoco yo les voy a hablar esta noche.

Parte II

Chefchauen, 13/01/2016

“Estoy recién llegada al hostel de Chefchauen y lo primero que he hecho es subir a curiosear a la terraza. No me esperaba unas vistas de esta magnitud, es tan bonito que me quedo aquí plantada por un buen rato, solo me muevo para sacar la foto de turno para Instagram, pero ni la voy a publicar ahora.

El atardecer es la muerte del día y a la vez el nacimiento de la noche. El primero tiene que irse para que llegue la segunda, pero por más que cada día nazca y muera el mismo sol, ninguna jornada se repetirá. Jamás.

Bah, demasiado filosófica, voy a seguir investigando esta enorme terraza, ¿pero qué coj…? ¿Llevo más de diez minutos aquí parada y no he notado que había tres tipos detrás de mí sentados observando el panorama? Me sonríen, bobalicones. ¡Vaya caretos! Parecen primos hermanos de drácula de lo pálidos que están. Me siento en una de las sillas libres que por allí quedan, y me da por decir: “nice TV!” (¡bonita tele!) Cualquier persona, como mucho, habría sonreído ante tal ocurrencia pero las carcajadas que arrancaron de aquellos cuerpos inmóviles fueron de una magnitud 6.5 en la escala Ritcher. Mi cara debía ser un poema, cuanto más se reían ellos, más sorprendida me encontraba… hasta que lo entendí.

Observar y enlazar conceptos, eso se me da bien. Las pequeñas pipas que estaban encima de la mesa no tenían precisamente tabaco. Tampoco hachís, que ese olor me lo conozco. ¿Estos chicos están fumando opio en la terraza de mi hostel? ¡Y seguro que compartiré habitación con alguno de ellos! Ay mi madre…”

P.D. Mamá, tranquila. Un japonés me ofreció de su pipa, que amablemente rechacé. Aquí nadie se mete con nadie. En mi habitación de 8 camas evidentemente tenía que estar uno de estos personajes, y me tocó al nipón; el tipo se ha quedado pillado en la sonrisa de hace 2 horas. No hace nada malo, cada poco repite en castellano: “hola, española”.

— El tráfico de drogas es ilegal pero muy rentable, acaban de desarticular una ruta aérea con Marruecos para introducir hachís en la Península.
— Según la Organización Mundial de Aduanas, Marruecos suministros del 70 por ciento del mercado de hachís a Europa.
— La producción de hachís se estima en 2.000 toneladas métricas por año, con un valor de mercado de 30.000 mil millones de dólares.
— Debido a las presiones de la U.E y organizaciones internacionales como la ONU o la Interpol, en la década de los 90 las fuerzas del Estado comenzaron una campaña para erradicar el cultivo en algunas provincias, pero Chefchauen y Alhucemas gozan de un estuto especial.

By | 2016-11-26T22:04:56+00:00 febrero 4th, 2016|Chefchaouen, LiteRotura, Marruecos|1 Comment

About the Author:

Beatriz Lizana. Curiosa ad infinitum. Creativa. La escritura y la fotografía como herramientas para entender el mundo. "Puedo prometer y prometo que jamás dejaré de aprender".

One Comment

  1. […] restregar la ropa contra la piedra con jabón y agua fría pudo ser tradicional hace un tiempo, en Marruecos supongo que quien lo sigue haciendo es porque no se puede permitir pagar una […]

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