El metro de Tokio en hora punta

De Waseda a Asakusa no hay más de cuarenta minutos en metro. Cualquier otro día no me hubiera importado tardar más, viajo sola por Japón pero justo este día he quedado con Josep, un amigo catalán que vive en Tokio. 

―¿Ya te has subido al metro en hora punta? ―me preguntó días antes de la quedada.

―Supongo que sí, aunque no estoy segura de que mis horarios estén adaptados al día a día japonés. 

―Entonces es que no te has subido en hora punta.

―No sé, hay mucha gente, pero tampoco me parece tan exagerado…

No, la verdad es que no tenía ni puñetera idea. Hasta el día del accidente. 

Los trenes en Japón son extremadamente puntuales y frecuentes. En Waseda tomo la línea Toeie. (En Japón hay varias líneas y empresas que gestionan toda la red de metros y trenes). Son las 17.40, todo funciona correctamente así que llegaré a mi destino antes de las 18.30, con tiempo suficiente para esperar a Josep.

O eso creo.

Llego a Nimambashi, adonde tengo que hacer trasbordo. Hay varias decenas de salary men en mi andén, todos con sus trajes y corbatas bien planchados, haciendo tantas filas como puertas tiene el vagón. Todos mirando hacia el mismo lado. También me uno a este tetris bien formado al que se van sumando piezas sin descanso. Ya seremos unas sesenta personas en el andén, pero sólo debo esperar menos de cinco minutos a que llegue mi segundo tren. Pasa en el minuto exacto, pero hay tanta gente en el vagón que decido no subir y esperar a que pase el siguiente, que en teoría llega en pocos minutos. Quizá ya sean cien personas las que esperan.  

Total, ya estoy la primera de la fila, no debe ser complicado.

Pero el segundo tren no llega. De la megafonía se escucha un mensaje que se repite constantemente, aunque no entiendo nada. Yo sólo veo que muchos rompen las filas para ir a no sé dónde. 

¿Dónde estará mi tren? La megafonía cada vez es más insistente, y un mayor número de trajeados se movilizan hacia la salida. No obstante, en mi fila (la de mi puerta) casi todos se quedan a esperar. Yo no sé qué hacer, sólo se me ocurre retransmitir lo que se escucha por mensajes de audio a Josep. A pesar de que él controla el japonés, no logra escuchar los mensajes con claridad.

―Excuse me, do you speak english?

―Yes.

Pues menos mal, porque necesitaba que alguien me explicase lo que estaba pasando. El hombre me contó que había habido un accidente y que por eso había retrasos, pero que la circulación ya se había reestablecido. El tren no tardaría mucho en llegar, y además, por el destino al que iba, no merecía la pena tomar otra alternativa porque sólo me separan seis paradas. Mejor esperar. 

En este punto de la historia, hay más de cien personas en el andén pero mi ojímetro ya no me da para más.

No importa, yo estoy la primera.

Además, se me viene a la mente lo diligente que es esta gente: normalmente se abren las puertas, los primeros que esperan se hacen a un lado para que puedan bajar los de dentro y luego, en orden, sin atropellos ni adelantos, van subiendo. 

Hasta hoy. Se abren las puertas del vagón y, en mi alarde por ser respetuosa, me quedo quieta y entonces sucede algo que me descoloca, literalmente. Primero me empujan suavemente, pero no con las manos, sino con todo el cuerpo. Voy rodando como una pelota entre la gente, parece que floto porque yo no muevo los pies, al menos conscientemente. Es un flujo indefinido en el que todos rulamos, unos entran, otros salen, ya no es ese orden al que me tenían acostumbrada. Pero tampoco es caos. Más bien parece que me muevo ―me mueven― en una espiral. Al menos ya estoy dentro.

***

Parada uno. Ahí ya me doy cuenta de mi error: me he dejado la mochila puesta en la espalda y eso entorpece más ese fluir entre la gente. En cuanto puedo, me la quito y la sostengo frente a mis rodillas. 

Las sardinas en lata al menos tienen el aceite que las separa unas de otras. Yo nunca he estado tan rodeada de gente, y a tan poco espacio. A la altura de mis ojos hay una cabeza bien grande cuyo cuello desprende, menos mal, un agradable olor a perfume. Hay menos distancia entre ese cuello y mis ojos que la que hubiera entre mi móvil y yo, si pudiera sacarlo para leer. Tan cerca estoy que puedo verle los poros de la piel a este hombre, limpia, sin puntos negros. Se ha debido afeitar esta mañana porque a esta hora puedo ver su barba, milimétrica, que ya le está saliendo. Pasan los minutos y no puedo dejar de mirar esa piel. No se trata de ningún fetiche, es que no puedo girarme hacia ningún otro lado. De su frente ahora surge una gota. Me fascina, porque nunca había observado cómo nace el sudor. La gota es agua que surge de varios poros y que baja por la mejilla para acabar en el borde de su cara. Me bastaría sacar la lengua y estirarla para limpiarle la cara con mis babas. 

Parada dos. Se repite el flujo de gente que entra y sale de forma indeterminada. La gente se va moviendo por el vagón y ya hay varios que se han percatado de mis ojos occidentales y mi perplejidad. Ellos se empujan o resisten pero no hay el más mínimo ruido, sólo se escucha la grabación que va anunciando las paradas.

Parada tres. Consigo acercarme a las ventanas, al menos ahí hay un espacio vacío por encima de las cabezas de la gente que va sentada. Si me hubiese colocado al estilo japonés (de frente a la ventana) a lo mejor el trayecto no se habría vuelto tan complicado pero mi instinto me hace ponerme de lado, con las piernas clavadas entre un señor y una señora. Mi torso ahora sobresale entre ellos, al menos puedo mover las manos. 

Desde esta ¿privilegidada? posición  puedo ver cómo esas sardinas se mueven todas juntas ante los frenazos y las curvas del tren, como olas en el mar. No van agarrados a ningún asidero, tampoco les hace falta porque todos se amortiguan entre sí.

Sin embargo, como tengo unos centímetros de aire en mi torso, yo sí debo agarrarme a una barra paralela al suelo si no quiero derribar a la mujer que tengo delante, o derrumbarme sobre el hombre que tengo detrás. Pero el sudor de mis manos hace que la barra de metal se me escurra. No sé si es la energía cinética o qué, pero cada vez que el tren arranca, yo tengo que hacer un esfuerzo enorme para mantenerme erguida. La gente me empuja, el tren avanza en el sentido contrario y mi mano se va escurriendo por la barra y mi espalda, a la vez, se dobla sobre la cabeza de la chica o se arquea hacia la del hombre. A ellos ni les importa, van sentados, leyendo.

Parada cuatro. Un señor consigue pisar el vagón con ambas piernas pero el torso se le queda fuera, sobre el andén. Me imagino en una película de terror, las puertas se cierran sobre él y lo seccionan por la mitad. Vuelvo a la realidad, tengo clarísimo que no va a poder entrar, pero él insiste unos segundos más hasta que, por fin, se da por vencido. 

Hay un señor con mascarilla y gafas que sí que lee mi agobio. Cada vez que nos cruzamos la mirada, él abre muchos los ojos. No le entiendo bien, pero sucede tantas veces y yo cada vez estoy más estresada, que él los abre más y más.

Parada cinco. Una señora ha conseguido colarse y apoyar su espalda entre la pared del vagón que queda justo al lado de la puerta y otra barra de acero. La empujan muchísimo y ella hace un esfuerzo brutal para que no la muevan ni un milímetro. 

Yo he conseguido mover la mano hasta un punto en la barra donde hay un tope. Ya no me escurro, he salvado el arco de mi espalda pero tengo que hacer mucha fuerza y noto todos los músculos agarrotados. Se ha quedado un asiento libre a unos cincuenta centímetros de donde yo estoy, que sigo de pie, pero prefiero no sentarme por temor a no poder salir de ahí nunca más. La idea de quedarme infinitamente en el metro de Tokio no es factible. 

Parada seis. Físicamente estoy agotada pero aún así reúno todas mis fuerzas para empujar a la gente cuando llega mi turno para bajar. No se oye ni un resoplido, mucho menos ni una mala palabra, pero empujo con todas mis fuerzas, más que en un concierto de heavy metal bailando al pogo.

metro de Tokio

Fragmento del libro Los años de peregrinación del chico sin color, de Haruki Murakami:

La estación de Shinjuku es inmensa. Alrededor de tres millones y medio de personas la utilizan todos los días. El libro Guinness de los récords la reconoce oficialmente como la estación con mayor número de usuarios del mundo. En ella se cruzan varias líneas. […]

Resulta difícil creer que en esas horas punta, cinco días a la semana, una vez por la mañana y otra por la tarde, el escaso número de empleados de la estación pueda controlar a esa abrumadora cantidad de personas de manera eficiente y sin cometer errores graves. Son momentos particularmente problemáticos. Todos los usuarios se dirigen presurosos a su destino. Tienen que fichar antes de determinada hora. Es imposible que estén de buen humor. Todavía van un poco amodorrados. Y los vagones, prácticamente abarrotados, maltratan sus cuerpos y ponen a prueba sus nervios. Sólo los más afortunados logran sentarse. […]

Los largos trenes que parten y entran en la estación con precisión de segundos regurgitan sistemáticamente gente, como ganado paciente y bien adiestrado; luego engullen otra tanta e, impacientes por cerrar las puertas, arrancan y se dirigen a la siguiente estación. Si al subir y bajar las escaleras, en medio de la muchedumbre, alguien pisa a un usuario y éste pierde un zapato, le será imposible recuperarlo. El zapato desaparecerá tragado por las impetuosas arenas movedizas de la hora punta. Al usuario, sea hombre o mujer, no le quedará más remedio que pasar esa larga jornada con un sólo zapato.

A principios de la década de los noventa, cuando la economía japonesa todavía experimentaba cierto crecimiento económico, un influyente rotativo estadounidense publicó una fotografía a gran tamaño que captaba el instante en que algunos usuarios bajaban, una mañana de invierno, por la escaleras de la estación de Shinjuku en la hora punta (quizá era esa estación de Tokio, pero podría haber sido cualquier otra). Todos los individuos que salen en la foto miran hacia abajo como por mutuo acuerdo, con expresión sombría, apagada; parecen peces enlatados. El pie de foto rezaba: “Es posible que Japón se haya convertido en un país próspero, pero la mayoría de estos japoneses cabizbajos no parecen demasiado felices”. La fotografía dio la vuelta al mundo.

Tsukuru ignoraba si la mayoría de los japoneses eran de veras infelices o no. El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. En el pie de foto no se mencionaba ese motivo, que es el verdadero. Además, es posible que nadie que camine mirando al suelo con un chubasquero de tonos oscuros parezca feliz. Aunque, por supuesto, quizá esté justificado llamar sociedad infeliz a aquella en la que uno no puede ir al trabajo todas las mañanas sin preocuparse de perder un zapato.

By | 2019-09-01T09:50:23+00:00 agosto 27th, 2019|Japón|0 Comments

About the Author:

Beatriz Lizana. Curiosa ad infinitum. Creativa. La escritura y la fotografía como herramientas para entender el mundo. "Puedo prometer y prometo que jamás dejaré de aprender".

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