Una escena en el metro de París

La primera vez sucedió en el metro de París. Desafortunadamente cacé al más guapo de la tarde. Yo salía de la boca del metro cuando al pisar el primer escalón lo vi entre la multitud, trajeado y con corbata. ¡Qué me gusta un hombre bien vestido! Qué digo yo…¡qué me gusta un hombre! Este era de ojos claros y piel morena, ¿cómo me iba a pasar desaparcibido, a mí? Yo, que tengo un radar para detectar entre la multitud a los más gallardos. Aunque para qué, mi cara de boba era lo único que me acompañaba aquella tarde, el arrojo lo habría dejado olvidado en algún cajón.

Me forcé a subir al segundo escalón, no podía quedarme allí petrificada de por vida observando cómo aquella belleza bajaba a la oscuridad del subterráneo. Para entonces mis ojos ya estaban en sus pectorales, insinuantes bajo aquella chaqueta oscura. ¿Tendría las abdominales marcadas? Tercer escalón, y mi mirada clavada sobre su mano derecha. Me gustan los hombres con corbata, manos grandes y caricias suaves. Aquel agarraba con fuerza un maletín de piel negro, cuadrado, que le sumaba atractivo y misterio. Seguro que era un ejecutivo que venía de cerrar un importante negocio. ¿Sería banquero? ¿Abogado? ¿Tendría novia?

Y qué más me daba todo aquello. Lo que más me preocupaba en aquel momento era que sus ojos se encontrasen con los míos. Me ponen los juegos de miradas. Ir andando por la calle, que decenas de personas concentradas en sus propios pensamientos te rodeen y de repente te topes con unos ojos masculinos que te observan. Haces el contacto visual y aguantas al menos dos segundos. Click. Es entonces cuando pasas de mirar aleatoriamente a seducir.

— Mademoiselle! un peu plus vite, s’il vous plaît!

El que me estaba gritando era un joven que subía las escaleras de dos en dos y al parecer yo me encontraba en el medio de su trayectoria por alcanzar la luz del día. Lo miré con furia por desconcentrarme de mis ensoñaciones y como pude me aparté a un lado. Me despistó así que cuando volví a mi escena ya no encontré al protagonista, se había perdido entre la muchedumbre que subía y bajaba en hora punta de la parada de La Défense.

Busqué entre la gente, necesitaba encontrarme con sus ojos. Pero a pesar de que volví a localizarlo, aquel adonis no llegó a intercambiar su mirada con la mía. Lo que ocurrió a continuación… En su misma trayectoria subía otro hombre. Ninguno tenía la intención de apartarse, ¿se conocerían? ¿Serían amigos? Hubo un sutil roce de manos. Ambos mantenían la cabeza bien alta, tampoco ellos se miraron así que descarté la opción de que fueran amantes. Pero entonces lo entendí. El maletín. Ya no estaba en aquella mano que tanto me había atraído. Aquel ejecutivo no venía del trabajo sino que estaba trabajando. Allí, en las escaleras del metro. Todo muy calculado. El único intercambio que hubo aquella tarde fue el de un maletín negro y cuadrado.

xperimentAndo con recuerdos

Hace unos años me fui de erasmus a París. Casi un año viviendo entre gabachos y estudiando con gente de todo el mundo. Hoy he querido escribir sobre  alguna anécdota que me pasara en aquel entonces y colorearla con detalles creados para la ocasión. Podría haber escrito sobre fiestas y viajes, pero buscando entre los recuerdos, repetitivamente se me venía la imagen de un maletín cambiando de mano entre dos personas en las escaleras de un metro. Una transacción rápida y perfecta, un recuerdo que se me grabó a fuego. ¿Qué tendría aquel maletín? Esta escena la he contado en repetidas ocasiones a familiares y amigos pues me sentí como parte de una película. Droga, dinero o simplemente documentos, ya da igual. Aquella fue la anécdota y este es el relato. Y cuidado, que amenazo con una segunda parte… incluso con una trilogía… que por aquel entonces los smartphones eran muy poquitos y yo solía ir con la cabeza bien alta y los ojos muy abiertos.

By | 2015-10-26T10:57:31+00:00 noviembre 26th, 2014|Francia, Historias de metro, LiteRotura|1 Comment

About the Author:

Beatriz Lizana. Curiosa ad infinitum. Creativa. La escritura y la fotografía como herramientas para entender el mundo. "Puedo prometer y prometo que jamás dejaré de aprender".

One Comment

  1. jose noviembre 26, 2014 at 9:08 pm - Reply

    Muy bueno!…también el comentario…genial la última frase.

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