Un día de más de 24h | Sobre los deportes de verano en Andorra

Hubo un día que tuvo más de 24 horas. Con motivo del TBM en Andorra, un domingo hice deporte hasta que me dolieron las pestañas. Aquí va una ración de escalada, vía ferrata, balón balai y kartings sobre hielo.

Las diez. Andorra es un país que se recorre en un santiamén. El tranquilo vaivén y el sonido suave del motor del autobús me disparan los niveles de ensoñación. Veo a través de la ventanilla pero no miro las montañas verdes tan presentes por todo este país en miniatura –ver vrs mirar–. Frente a mí hay una versión de mí misma de hace más de 15 años aprendiendo a hacer nudos y calzándome unos pies de gato para subir una montaña en vertical. Fueron varias paredes durante un par de años, me gustaba sentirme como un animal trepador pero dejé de subir para bajar cuando salí del entorno donde practicaba la escalada. Quiero seguir mirando montañas sentada en este asiento que me mece, quiero cambiar el canal y ver otro documental de mi vida, quizá presente, quizá futuro, pero no me da tiempo porque en pocos kilómetros ya hemos cruzado casi todo el país.

Las doce. El acento de Patrick me despista. Se dirige al grupo en catalán, el idioma oficial de Andorra, pero le pedimos que lo haga en castellano porque somos muchos los que asistimos al TBM desde todas partes de España y hay gente que no lo entiende. Vuelve a comenzar explicando cómo utilizar correctamente los arneses, las cuerdas, los mosquetones y los seguros pero yo ya di esa asignatura por aprobada hace tiempo así que me concentro en el sonido de sus erres. “Este chico debe ser francés” pienso mientras desvío la mirada a sus manos. Voilà, mis cavilaciones parecen confirmarse en el momento en que su compañero, el chico de azul, le dirige la palabra –maldita memoria, el recuerdo de su nombre salió volando de mi nuca–. Estaba equivocada, más tarde Patrick me explica que él es andorrano y que en su casa se habla francés (aunque no son idiomas oficiales, en este país cohabitan el francés y el español junto con el catalán). Sus palabras me transportan a aquella calle transitada de Ginebra, cuando decidí que el sonido más parecido a una reunión de gente hablando en francés era el de una colmena.

Patrick, Natura i Aventura

Los idiomas son música y ritmo. Bzzz, el francés, suave y dulce al oído, acaricia la garganta cuando se habla. Me gusta mi voz cuando hablo francés porque la escucho medio tono más baja. El francés es un bemol a diferencia del inglés, sostenido, que me hace la voz más aguda.

experimentando pentagrama creativo

Siempre me ha llamado mucho la atención el bilingüismo pero desde que vivo en Barcelona aún más. Entendí que en una reunión es normal cambiar del catalán al castellano, o viceversa, según a quién mires y de qué hables. No es falta de respeto, es costumbre. Es muy probable que si en un diálogo con un catalán hablo yo primero, cuando éste escuche mi acento del sur me hable directamente en castellano, así yo lleve más de tres años viviendo en Cataluña. Pero si hay varios catalanes conversando y yo respondo –porque los estoy entendiendo–, continuarán hablando en catalán. Catalán, francés, español… y seguramente inglés también…

–Chica, asegura a tu compañera mientras ella va subiendo por el rocódromo.

Ay sí, que hoy quiero hablar de deporte. Es que soy de pensamiento divergente y estas salidas de tema me pasan a menudo. Cuando me toca el turno de tomar las cuerdas me doy cuenta de que, una vez más, la memoria me falla. No he estado cien por cien atenta, debí suponer que lo que aprendí hace quince años lo olvidé hace catorce por no practicarlo. Menos mal que no es nada grave sino un problema de mi lateralidad, pues entre mi izquierda y mi derecha siempre hay discusiones de a quién le toca el turno de ser la más fuerte.

escalar en Andorra

Las tres. Me duelen los brazos. Cuando me llegó el turno de escalar comprobé que, efectivamente, la poquita técnica que aprendí también la olvidé. No es que esté en baja forma, es que mientras escalaba descubrí que había algunos músculos que hacía siglos no ejercitaba. Me duelen sobre todo los antebrazos y no consigo partir bien el exquisito solomillo al que nos invitan. Rápido, acaba rápido y no comas mucho porque la jornada deportiva aún no ha acabado.

Las cuatro. Una especie de escalera hecha de hierro y pegada a la pared me sostiene a unos diez metros del suelo. Llevo puesto un arnés, un casco y una cuerda con un mosquetón me asegura a lo largo de un cable de acero, que sube montaña arriba. No tengo miedo porque si me caigo, no bajaré más de un metro. Vamos en fila india y parecemos cabras montesas arrastrándonos por la via ferrata. En esencia, se parece un poco a la escalada aunque yo me siento ahora más segura y mi cuerpo responde mejor a estas tensiones. Me atrevo a mirar hacia abajo y hacia atrás, pero por ahora solo veo árboles. Veinte metros y vuelvo a tomar aire, unas casas empiezan a asomar por encima del bosque. Treinta, y el paisaje es espectacular.

Las siete. La fiesta del TBM comienza su fin. La mayor parte de los ciento cincuenta viajeros que invadieron Andorra hace unos días regresan a sus lugares de origen, pero yo me quedo. Quiero estar sola para perderme entre sus calles y hacer fotos de su día a día aunque presiento que no será hoy. Hay un penúltimo autobús camino de nosédónde y allí que me subo.

Las ocho. He tardado una media hora en ponerme la equipación completa que me permitirá jugar a mi próximo partido. Estoy en el Palau de Gel y aún no sé qué es el “balón balai” pero por las pintas que llevo diría que voy a jugar a hockey hielo, sólo me faltan los patines. La adrelina y el café de media tarde me han hecho olvidar las incipientes agujetas de la montaña así que estoy dispuesta a dejarme la piel sobre el hielo. Agarro el stick con forma de escoba y me posiciono como delantera en un campo blanco aunque ni una persona de los dos equipos hemos jugado antes a este deporte minoritario. Los dos árbitros se deben estar riendo mucho de nuestras idas y venidas pero estoy a dos ocasiones de marcar gol y disfruto de lo lindo.

Las nueve. Vuelvo a ser yo pero llevo otro casco, el tercero del día. La misma pista de hielo que hace un rato nos servía de campo donde marcar goles ahora se ha convertido en un recorrido para karts. Conducir sobre el hielo y derrapar, pisar el acelerador y adelantar. No sé qué me gusta más, si la sensación de velocidad, el fresco de este pabellón de hielo o haber hecho el mejor tiempo de mi equipo.

karts sobre hielo en el Palau de Gel de Andorra

La una. Me arrastro hasta la cama. Al dolor de brazos se le une el de barriga, hoy me he reído tanto que ya no necesito hacer abdominales en un mes.

Gracias a la organización del TBM y a todos los que nos han tratado (y alimentado) tan bien, a turismo de Andorra, a Natura i Aventura, a Patrick y sus compañeros, al camaraman que nos acompañó gran parte del día, también a Heidi, a Montse y a Robert por su profesionalidad y su buen hacer, al Palau de Gel y al árbitro al que le saqué los colores en el vestuario. Por supuesto y sobre todo, también a toda esa gente con la que he compartido un fin de semana único en Andorra. Sois muchos y merecéis otro capítulo. :

 

¡Continúa experimentando!


By | 2016-11-26T19:58:31+00:00 junio 14th, 2016|Andorra, Viajes y valijas|2 Comments

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Beatriz Lizana. Curiosa ad infinitum. Creativa. La escritura y la fotografía como herramientas para entender el mundo. "Puedo prometer y prometo que jamás dejaré de aprender".

2 Comments

  1. Javi junio 14, 2016 at 9:49 pm - Reply

    Pero… tenías resaca o jugabas con ventaja!? 😛

    Un post bastante curioso!

    • Beatriz junio 14, 2016 at 10:27 pm - Reply

      ¡Qué va! Me porté bien la noche anterior precisamente porque ya conozco cómo va esto…

      Por cierto, gracias por lo de “curioso” porque xperimentAndo precisamente es eso, “un proyecto para mantener viva la curiosidad” 😛
      Y por cierto, este es de los post más normalitos que tengo…jajaja

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